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  •    Cronopio con melancolía biográfica   

    En los pasados doce meses he leído más biografías que en toda mi vida anterior. Y he notado un efecto que me sorprende: las biografías me generan una cierta melancolía. Entre ayer y hoy, por ejemplo, he leído dos biografías de Julio Cortázar y no me siento del todo bien.

    Julio Cortázar es, creo, mi primer héroe literario. Me acuerdo que una lluviosa tarde le comenté a mi padre que el profesor de español nos había solicitado que “leyéramos un libro” para realizar alguna tarea futura. Mi padre, sin pensarlo dos veces, me entregó Final del juego y me dijo, mirándome fijamente: “Esto te va a gustar”.

    Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes.

    Así comienza el primer cuento, “Continuidad de los parques”, y así me sucedió con Cortázar. Me dejé interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes, y apenas dos páginas y media después me sucedió lo que le debe suceder a todo lector que haya tomado en sus manos alguna colección de sus cuentos: o bien uno descubre que es cronopio (sin saberlo, todavía) o bien uno decide nunca más perder el tiempo con “literatura fantástica” y se convierte en fama; unos pocos vacilantes son esperanzas, algo ingenuas.

    De ahí en adelante Cortázar fue mi amigo fiel de la adolescencia, uno de los pocos que realmente entendía lo que me estaba pasando, la sensación de que la realidad siempre estaba más allá, las angustias, las alegrías y los abismos llenos de monstruos y flores marchitas. Me sentí como Oliveira y suspiré por la Maga, me arrancaron el corazón en una guerra de flores, el avión en el que viajaba se estrelló en el Mediterráneo, corté el pollo dominguero de acuerdo con el método Fitzgerald, se tomaron mi casa, quiso tanto a Glenda, busqué axolotles en todos los acuarios, subí escaleras siguiendo instrucciones y me caí de muchas por falta de las instrucciones para volver a bajarlas, me enteré que Theodoro W. Adorno es un gato y que “parece una broma, pero somos inmortales”.

    Por eso me tomó tanto de sorpresa la noticia de que Julio Cortázar, enormísimo cronopio, murió el 12 de febrero de 1984.

    Para los que leemos libros por lo que son, Cortázar era simplemente “el autor”, alguien que declaramos amigo y del que conocíamos los más íntimos pensamientos, pero del que desconocíamos por completo el color de su camisa, su preferencia en vinos, el lugar exacto de su residencia, el nombre de su esposa (¿Maga?) o la fecha de nacimiento.

    Otros escritores no son así; pero para entender a Cortázar era suficiente leer sus libros, porque la realidad sucedía ahí. Y en esa realidad somos inmortales.

    De ahí mi melancolía biográfica. En las dos biografías que leí, Julio Florencio (!) Cortázar nació en Bruselas y murió en París. Pero eso no es lo que realmente me interesaba saber, pero igual no me enteré de nada interesante.

    La primera, titulado algo pomposamente Julio Cortázar: La biografía, de Mario Goloboff, gravita en torno a la cuestión política y el compromiso socialista de Cortázar. Con esmerado detalle dibuja el tránsito de un Cortázar “pequeño-burgués” a un “abanderado de las causas revolucionarias”; relata minuciosamente y con amplias citas textuales varios de los estériles debates sobre la manera cómo debería escribir el literato latinoamericano y cuál debería ser su compromiso con la realidad, dando por hecho qué se debe entender por este término tan enigmático, “realidad”.

    Es verdad que Cortázar apoyó las causas revolucionarias en varios países, en Cuba y en Nicaragua especialmente; también es verdad que fue miembro del Tribunal de Russell II, reunido para esclarecer las violaciones a los derechos humanos cometidas por los regímenes de derecha en América Latina. Es verdad también que se negó durante varios años a viajar a los Estados Unidos de Norteamérica, por considerarlos enemigos de las causas latinoamericanas.

    Pero nada de esto permite entender la obra de Cortázar, ni siquiera su Libro de Manuel. En varios ensayos y cartas Cortázar trató de explicar lo que debería haber sido claro desde su obra, pero no fue entendido por los famas de todas las denominaciones políticas que le reprochaban su “falta de realismo”.

    El ser humano es multidimensional, y la tarea del literato es iluminar de manera revolucionaria sus diferentes facetas. Para un literato la revolución que le compete profesionalmente sucede en la literatura. Lo demás lo hará en su tiempo libre. Esta distinción entre la vida profesional y la vida privada del literato no ha sido entendida, porque Cortázar parece privado cuando escribe y público cuando se dedica a la política. Pero en realidad es al revés. Y Goloboff está lejos de entenderlo.

    La segunda biografía, Julio Cortázar: El otro lado de las cosas, de Miguel Herráez, en este sentido logra reflejar mejor al literato porque le da más espacio a la relación entre Cortázar y su entorno. Está mejor investigada y es mucho más detallada e informativa. Tiene mejores fotografías, lo que en el caso de Cortázar, que amaba la fotografía, no es un detalle insignificante. En esta biografía Cortázar parece esperanza, algo ingenuo. Eso ya es un avance. Pero de nuevo, la distancia entre el literato y el político no es salvada.

    De ahí mi melancolía biográfica. Con otras biografías también me ha pasado, por ejemplo con Jonathan Swift, pero también con Francis Bacon o con Tomás Moro, incluso con Anthony Burguess (aunque sólo con las biografías escritos por terceros; su autobiografía es de una sola pieza – pero en dos volúmenes). El autor que había extraído de las obras no se parecía al autor descrito en la biografía. Claro, uno se entera de todos los chismes, pero no por eso entiende mejor. Triste melancolía.

    Pareciera que las biografías son herramientas terapéuticas dudosas. Apenas se han leído “el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come”.

    Bibliografía:

    Cortázar, Julio. Final del juego. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1969.

    Cortázar, Julio. Historias de cronopios y de famas. Buenos Aires: Ediciones Minotauro, 1972.

    Goloboff, Mario. Julio Cortázar: La biografía. Buenos Aires: Seix Barral, 1998.

    Herráez, Miguel. Julio Cortázar: El otro lado de las cosas. Barcelona: Editorial Roncel, 2003.

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