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  •    Sobre cómo convertirse en “apóstata” de la Real Academia   

    Escribiendo mi introducción a un fragmento de La naranja mecánica, de Anthony Burgess, sentí la necesidad de usar la palabra “apóstata”. Es una palabra interesante: suena como pocas otras palabras, su uso contemporáneo es irregular y escaso, evoca lejanamente la acción de brindar por la salud de un amigo y rima con “próstata” (lo que es, sin embargo, uno de sus méritos menores).

    Como decía, sentí la urgencia de usar la palabra pero no estaba seguro de su significado. ¿Predicaría correctamente al decir de Burgess que es “apóstata”? Confiando en la certeza que otorga la ortodoxia, acudí a la versión electrónica del Diccionario de la Real Lengua Española, vigésima segunda edición (www.rae.es), que escuetamente informa que “apóstata” se dice de la “persona que comete apostasía”.

    [minuto de silencio atónito]

    Decidido a no darme por vencido tan fácilmente, consulté “apostasía”, que de acuerdo con el mismo diccionario significa “acción o efecto de apostatar”.

    Argghhhhhh!!!!!!

    Exasperado, aposté por “apostatar”, y ¡por fin! obtuve la esperada respuesta a mi pregunta: Burgess ciertamente se vio involucrado en una acción deliberada de apostatar con lo cual cometió apostasía, lo que a su vez lo convierte en apóstata.

    Puedo, entonces, dejarme llevar por mi deseo de usar la palabra en el contexto mencionado. Pero me quedo con la duda porqué, para la Real Academia, “apóstata” solo significa si “apostasía” tiene significado, que a su vez solo significa si “apostatar” significa algo. Tenemos suerte: al menos la última de las tres palabras tiene un firme asidero en una realidad que no sean los libros académicos.

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