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	<title>Artes Liberales &#187; Burgess</title>
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	<description>El blog sobre las humanidades, los libros y las artes que liberan - la lectura, la escritura y el pensamiento crítico</description>
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		<title>Homenaje al periodismo cultural</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Nov 2010 14:46:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Schumacher</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Burgess]]></category>

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		<description><![CDATA[Parece existir un cierto consenso que el periodismo especializado debe ser escrito por especialistas: el económico por economistas, el político por politólogos, el científico por científicos, la sección de salud por personas saludables y la sección de farándula por vanidosos. ¿Quién debería, entonces, asumir la tarea del periodismo cultural? La cuestión se dificulta porque el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- p { margin-bottom: 0.21cm; } -->Parece existir un cierto consenso que el periodismo especializado debe ser escrito por especialistas: el económico por economistas, el político por politólogos, el científico por científicos, la sección de salud por personas saludables y la sección de farándula por vanidosos. ¿Quién debería, entonces, asumir la tarea del periodismo cultural?<span id="more-96"></span></p>
<p>La cuestión se dificulta porque el periodismo es, en sí mismo, un ejercicio en el ámbito de la cultura. Por ello, el periodismo cultural es un ejercicio <em>autopoiético</em>: refleja a la cultura en sí mismo. ¿Qué significa esto? Veamos un ejemplo.</p>
<p>En “El aburrimiento de la ciencia ficción” (“The boredom of SF”), Anthony Burgess, el célebre autor de <a title="Mi naranja mecánica" href="http://artesliberales.info/2010/07/04/mi-naranja-mecanica/" target="_blank"><em>La naranja mecánica</em></a>, reseña unos libros de ciencia ficción recién publicados. El texto comienza así:</p>
<p style="padding-left: 30px;" lang="es-CO">“Las tramas de ciencia ficción son fácilmente creadas. Nos encontramos millones de años en el futuro. El mundo es gobernado por los Krompir, cuyos robots-policía llamados patates obedecen a un jefe sombrío con un cerebro injertado que se llama Peruna. Existe un fonema prohibido. Si alguien lo pronuncia se divide en dos identidades que continúan dividiéndose hasta que se convierte en un millón de micro-esencias que se usan para alimentar el sistema de Aardappel, el líder sin cuerpo de los Krompir. Pero también existe una sustancia llamada burgonya que cancela los efectos del fonema y que se encuentra en el planeta Kartoffel. Se puede llegar a este planeta con transporte besteriano, pero el dispositivo para iniciar el proceso se encuentra en las cinco manos de Tapuach Adamah, líder bicéfalo del grupo subversivo de los Jagwaimo. Los humanos tienen que enfrentar al Sistema. Los Amantes, que actúan de acuerdo con los prohibidos edictos tradicionales de Terpomo, proclaman el Amor. [...]” (p. 466; mi traducción)</p>
<p lang="es-CO">Esta es una maravillosa introducción. Ciertamente, pocos géneros literarios son tan predecibles como la ciencia ficción. Burgess podría haber simplemente escrito: “La ciencia ficción es literatura de cajón”, o quizá, aparentando más sofisticación: “La ciencia ficción como género literario obedece a ciertos cánones de construcción que repiten, sin variaciones estructurales, la trama de la heroica resistencia humana contra fuerzas alienígenas que, sin embargo, representan y reflejan los oscuros anhelos de poder absoluto más que humanos&#8230; bla bla bla &#8230;” El resultado hubiera sido una reseña zonza y enclenque, tediosa de leer.</p>
<p lang="es-CO">En cambio, Burgess escribe: “Las tramas de ciencia ficción son fácilmente creadas”. Para probarlo, crea una fácil, ligera y convencional trama <em>ad hoc</em>. Los malos oprimen a los buenos que se resisten a pesar de la amenaza de una fuerza malévola que amenaza destruirlos. Y, claro está, también hay una promesa de amor para mantener interesados a los lectores adolescentes.</p>
<p>Una trama así de obvia no se puede tomar en serio. Con tres pequeños trucos Burgess convierte su débil historia en una poderosa sátira del género. Primero, todos los nombres propios, cuya sonoridad invita asociaciones interestelares y misteriosas, son simples sinónimos de “papa” (<em>s</em><em>olanum tuberosum</em>), como en “papa frita”. Los poderosos “Krompir” son papas en serbo-croato; sus robots-policías “papates” son papas en francés; el malévolo cerebro “Peruna” es papa en finlandés; Aardappel es papa en holandés; “burgonya” en húngaro; “Kartoffel” en alemán; “Tapuach Adamah” en hebreo; “Jagwaimo” en japonés; “Terpomo” en esperanto.</p>
<p>Segundo, el “transporte besteriano”, que parece evocar mundos remotos y una sofisticación técnico-científica, hace referencia a <a title="Alfred Bester en Wikipedia" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Alfred_Bester" target="_blank">Alfred Bester</a>, célebre autor de ciencia ficción, con lo cual el “transporte besteriano” se convierte en un “transporte ficticio”. Y, finalmente, es típico para la personalidad y las obsesiones particulares de Burgess que el elemento de poder destructivo y misterioso de su pequeña trama sea&#8230; ¡un fonema!</p>
<p>Burgess se dedicó durante varios años al periodismo cultural. Los temas de sus columnas eran extraordinariamente variados. Reseñó novelas, presentó autores, discutió géneros literarios, criticó obras musicales&#8230; Una selección de esta obra periodística se encuentra reunida en <em>Homenaje a QWERT YUIOP</em>, que quizá sea la antología de periodismo escrito con el mejor título de la historia. En sus casi 600 páginas se encuentran un sinnúmero de artículos que logran un balance positivo entre la ligereza y brevedad del ejercicio periodístico y la profundidad y agudeza del juicio crítico. En su conjunto, forman un argumento interesante a favor de la tesis que el periodismo cultural está en las mejores manos cuando se ocupan de él personas cultivadas.</p>
<p lang="es-CO">No he podido encontrar una traducción al español de esta antología. ¿Quizá una escuela de periodismo se quiera enfrentar al reto, para de paso obtener un manual ejemplar de periodismo cultural?</p>
<p>Bibliografía: Burgess, Anthony. “The boredom of SF”. En <em>Homage to QWERT YUIOP: Selected Journalism 1978-1985.</em> London: Abacus, 1987. 466-468.</p>
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		<title>Mi naranja mecánica</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jul 2010 09:43:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Schumacher</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Burgess]]></category>

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		<description><![CDATA[Si bien me acuerdo, vi la película de Stanley Kubrick, La naranja mecánica, por primera vez a los 18 años. Debió ser en un ciclo de cine cultural, porque la película había sido estrenada en Londres nueve años antes, causando un escándalo instantáneo. Pero también es posible que la película haya tardado casi un decenio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } -->Si bien me acuerdo, vi la película de Stanley Kubrick, <em>La naranja mecánica</em>, por primera vez a los 18 años. Debió ser en un ciclo de cine cultural, porque la película había sido estrenada en Londres nueve años antes, causando un escándalo instantáneo. Pero también es posible que la película haya tardado casi un decenio en llegar a Bogotá. En esas épocas, las películas y las traducciones se podían demorar un buen tiempo; ahora, en el nuevo milenio globalizado, sólo las traducciones llegan tarde a la Atenas suramericana, cuyo amor por las antigüedades es conocida.</p>
<p>En todo caso, la película ya era legendaria cuando por fin llegué a la edad necesaria para verla. <span id="more-75"></span>Había escuchado cómo mis padres conversaban sobre ella con sus amigos en las reuniones sociales. El consenso era que la película era enteramente <em>moderna</em>, por su temática, su lenguaje artificial y la música electrónica de Walter / Wendy Carlos (en casa teníamos uno de sus discos, <em>Switched on Bach).</em> Con su conjunción de tema y forma, la película había hecho el milagro de aterrizar el futuro en la Tierra como los viajes a la Luna no lo habían logrado. ¡El futuro era ahora! ¡Se podía ver! ¡Se podía oír!</p>
<p>Así, las expectativas eran mayores cuando se apagaron las luces y vimos a los drugos de Alex en el bar lácteo Korova, piteando leche-plus con velocet, tratando de encontrar una respuesta a la pregunta ¿y ahora qué pasa, eh?</p>
<p>En la escena en la que Alex asesina a la señora de los gatos con una escultura en forma de falo, mi novia me apretó la mano en silencio. Algo más de una hora después salimos de la oscura sala,  confundidos. ¿Qué hacer con esa película? Mis hormonas y mi sentido de justicia, ambos en estado adolescente, se rebelaron. El final, en el que Alex vuelve a su perversa normalidad, me parecía inaceptable e indigno. Decidí entonces que mis mayores tenían razón: lo que importaba en la película era la manera cómo convertía un problema social en una solución estética. Podía estar de acuerdo en el plano estético, pero no podía aceptar la moraleja.</p>
<p>El placer de las imágenes y los sonidos me llevaron a la sala de cine en las escasas ocasiones en las que la película volvía a mostrarse, y una vez incluso la alquilé en video, cosa que no se debería hacer con ciertas películas. Sin embargo, para mí era claro: <em>2001 Odisea en el espacio</em> era una película completa, <em>La naranja mecánica</em> una película meramente “bonita” (impresionantemente “bonita”).</p>
<p>Hasta que leí el libro, de Anthony Burgess, por primera vez, hace quizá unos 5 o 7 años. Fue una revelación. En la película, el lenguaje artificial de los drugos tiene un efecto cuasi-musical y le da cierta cadencia y forma a los diálogos de los delincuentes juveniles. En el libro, es efecto es inmediatamente alienante: las primeras páginas son prácticamente incomprensibles. El autor no es amable con el lector y hay una cierta violencia en la manera cómo nos obliga a apropiarnos de las categorías con las que el narrador presenta su mundo. Apenas se ha superado esta primera barrera lingüística, viene la violencia, narrada con cinismo. Y más violencia. Y más. Y cada vez peor.</p>
<p>ULTRAVIOLENCIA. En muchos libros se encuentran descripciones de actos violentos, pero <em>La naranja mecánica</em> es diferente. Normalmente, la violencia en los libros tiene razones, de alguna manera u otra “objetivas”. Alex no tiene razones objetivas<em>; </em>ni siquiera tiene razones subjetivas de algún peso. La novela es ultraviolenta no porque sea especialmente cruda en sus descripciones, sino porque la violencia es una sinrazón ubicua. Alex es violento; sus drugos son violentos; la policía es violenta; los carceleros son violentos; el cura es violento; los políticos son violentos; el escritor y la organización política a la que pertenecen son violentos; todo es violencia. ULTRAVIOLENCIA.</p>
<p>Esto es, claro, antes de que la ultraviolencia se convirtiera en moda; antes de las películas de Tarrantino y los juegos de computador creados especialmente para menores. En ese sentido, <em>La naranja mecánica</em> es un clásico contemporáneo: es una novela en la que una de las obsesiones estéticas más pronunciadas del arte contemporáneo, la presentación detallada de violencia gratuita, se inaugura al mismo tiempo que pregunta por la situación moral los individuos y de las sociedades. Y es por esta pregunta que la novela no es (como pensaba) una solución estética para un problema social, sino una reflexión sobre cómo un problema social se puede convertir en una preferencia estética.</p>
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		<title>Sobre cómo convertirse en “apóstata” de la Real Academia</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Jun 2010 12:12:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Schumacher</dc:creator>
				<category><![CDATA[Escritura]]></category>
		<category><![CDATA[Burgess]]></category>

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		<description><![CDATA[Escribiendo mi introducción a un fragmento de La naranja mecánica, de Anthony Burgess, sentí la necesidad de usar la palabra “apóstata”. Es una palabra interesante: suena como pocas otras palabras, su uso contemporáneo es irregular y escaso, evoca lejanamente la acción de brindar por la salud de un amigo y rima con “próstata” (lo que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm } -->Escribiendo mi introducción a un fragmento de <em>La naranja mecánica</em>, de Anthony Burgess, sentí la necesidad de usar la palabra “apóstata”. Es una palabra interesante: suena como pocas otras palabras, su uso contemporáneo es irregular y escaso, evoca lejanamente la acción de brindar por la salud de un amigo y rima con “próstata” (lo que es, sin embargo, uno de sus méritos menores).<span id="more-62"></span></p>
<p>Como decía, sentí la urgencia de usar la palabra pero no estaba seguro de su significado. ¿Predicaría correctamente al decir de Burgess que es “apóstata”? Confiando en la certeza que otorga la ortodoxia, acudí a la versión electrónica del Diccionario de la Real Lengua Española, vigésima segunda edición (www.rae.es), que escuetamente informa que “apóstata” se dice de la “persona que comete apostasía”.</p>
<p>[<em>minuto de silencio atónito</em>]</p>
<p>Decidido a no darme por vencido tan fácilmente, consulté “apostasía”, que de acuerdo con el mismo diccionario significa “acción o efecto de apostatar”.</p>
<p>Argghhhhhh!!!!!!</p>
<p>Exasperado, aposté por “apostatar”, y ¡por fin! obtuve la esperada respuesta a mi pregunta: Burgess ciertamente se vio involucrado en una acción deliberada de apostatar con lo cual cometió apostasía, lo que a su vez lo convierte en apóstata.</p>
<p>Puedo, entonces, dejarme llevar por mi deseo de usar la palabra en el contexto mencionado. Pero me quedo con la duda porqué, para la Real Academia, “apóstata” solo significa si “apostasía” tiene significado, que a su vez solo significa si “apostatar” significa algo. Tenemos suerte: al menos la última de las tres palabras tiene un firme asidero en una realidad que no sean los libros académicos.</p>
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		<title>Lewis: Anthony Burgess</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Jun 2010 09:10:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Christian Schumacher</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Biografía]]></category>
		<category><![CDATA[Burgess]]></category>

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		<description><![CDATA[Lewis, Roger. Anthony Burgess. London: Faber and Faber, 2002. 434 páginas. Comencé hoy la lectura de mi “biografía introductoria de rigor”, con este libro. Traté de leer el prólogo y el primer capítulo, y después miré furtivamente otros capítulos. Finalmente, cerré el libro y opté por escribir este breve comentario. ¿Qué se puede decir de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- 		@page { margin: 2cm } 		P { margin-bottom: 0.21cm; font-style: italic } -->Lewis, Roger. <em>Anthony Burgess</em>. London: Faber and Faber, 2002. 434 páginas.</p>
<p>Comencé hoy la lectura de mi “biografía introductoria de rigor”, con este libro. Traté de leer el prólogo y el primer capítulo, y después miré furtivamente otros capítulos. Finalmente, cerré el libro y opté por escribir este breve comentario.</p>
<p>¿Qué se puede decir de este libro? Lo primero que se me ocurrió es que se trata de un extenso ejercicio en nombrar personas famosas, libros famosos, ocasiones famosas, etc.,<span id="more-59"></span> para que algo de tanto esplendor se refleje en las propias obras. El prólogo comienza con una noticia sobre los servicios fúnebres para Anthony Burgess, publicado por el Times el 17 de junio de 1994, que contiene una extensa lista de los nombres de las personas ilustres que atendieron.</p>
<p>El resto del prólogo aparentemente está dedicado a un día en la vida del autor que es también (¿coincidencia?) un día en la vida de Anthony Burgess. Son mencionados, en la primera página: Fausto, Professor Richard Ellmann, Goldsmith&#8217;s Chair of English Literature, Lord David Cecil, Hermione Lee, Emory University, Coca-Cola, Oxford, Oscar Wilde, Ezra Pound, el restaurante Randolph, la revista <em>Punch</em>, y Henry James.</p>
<p>En la segunda página aparecen: James Joyce, Wilde (de nuevo), Lord Alfred Douglas, Sir Harold Macmillan, Zuleika Dobson, John Wain, los colegios universitarios St. John, Brasenose y Magdalen, Philip Larkin, Brenda (?), Homero, Milton, Bórges, Anthony Burgess (de nuevo), Bangor, Stoke-on-Trent, Hamish Hamilton, Stephen Fry, Ellmann (de nuevo), Bosie (!), Alan Bates, Jude Law, Lord Alfred Douglas (de nuevo), Gerard Manley Hopkins, Kingsley Amis.</p>
<p>En total, si mis cuentas son correctas, son 35 nombres propios en apenas una página y media, incluyendo dos extensas notas de pie de página – de carácter narrativo.</p>
<p>Pronto, el libro me pareció como un coctel con muchos invitados. Todos son muy importantes y en una aplicación de la falacia de la composición el anfitrión espera que su coctel sea tan importante como sus convidados. Es en vano. Corriendo de aquí para allá, afanosamente presenta unos a otros: “Hola, Oscar, ¿conoces a Gerard?” “Lord Alfred, ¿habías tenido oportunidad de charlar con Anthony?” En una nota de pie aprendemos que, en efecto, Anthony mantuvo un intercambio de cartas con Lord Alfred. ¿Quién puede aguantar eso?</p>
<p>Si le gustan los cocteles literarios y tiene una buena enciclopedia a la mano, es posible que saque algún provecho de este libro. Yo decidí que me iba con mi whisky a otro lado.</p>
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